«El cobrador de impuestos… se golpeaba el pecho y decía: ‘Dios, ten compasión de mí, porque soy un pecador’.» — Lucas 18:13
¿Recuerdas alguna oración que tuvo muy pocas palabras, pero muchas emociones juntas? Quizás fue ese clamor pequeño que hiciste a solas en tu habitación, o esas dos palabras que quisiste pronunciar cuando las lágrimas no te dejaron decir más. En ocasiones creemos que la oración debe ser elocuente, profunda, rebuscada y bien pulida. Aunque hacer oraciones así no está mal, jamás debemos olvidar que Dios mira más allá de lo que el hombre puede ver: Él mira el corazón.
La Biblia nos cuenta la historia de dos hombres que fueron al templo. El primero era un fariseo que hizo un discurso larguísimo, presentándole a Dios su currículum perfecto. El segundo era un publicano que, abrumado por sus fallas, solo alcanzó a decir: «Señor, ten compasión de mí, porque soy un pecador». Al final, Jesús elogió al publicano, no por la cantidad de sus palabras, sino porque su oración nació de su total sinceridad.
La oración no es un examen religioso para impresionar a Dios, sino el espacio seguro donde puedes quitarte las máscaras. Hoy, descansa en la certeza de que tu Padre Celestial te escucha mejor cuando hablas desde tu realidad y no desde tu perfección.
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