Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón;
Porque de él mana la vida.
(Proverbios 4:23)
En este tiempo en el que vivimos, es fácil dejar que nuestros corazones se contaminen con preocupaciones, heridas y deseos fugaces. Sin embargo, la Palabra de Dios nos guía a cuidar nuestro corazón, pues es allí donde nace la verdadera comunión con el Señor. Tener un corazón con Dios no significa vivir sin luchas, sino vivir con fe incluso en medio de las batallas.
Un corazón con Dios es un corazón moldeado por el amor, guiado por la verdad y sostenido por la esperanza. No se aferra a las cosas del mundo, sino que encuentra paz en las promesas eternas. Este corazón aprende a perdonar como Cristo perdonó, a amar sin esperar nada a cambio y a confiar incluso cuando todo parece incierto.
Dios no busca apariencias, títulos ni riquezas. Él mira el corazón. Cuando Dios eligió a David, no fue por su fuerza ni su apariencia, sino porque era un hombre conforme a su corazón. Nosotros también somos llamados a cultivar un corazón sensible a la voz del Espíritu, dispuesto a obedecer y a vivir en santidad. La oración constante, la lectura de la Palabra y la práctica del amor son maneras de mantener nuestros corazones alineados con el Padre. Cuando hacemos espacio para Dios en nuestro interior, él transforma nuestra forma de ver, sentir y actuar.
Que nuestro mayor deseo sea tener un corazón lleno de la presencia de Dios, porque allí es donde él mora. Y cuando Dios mora en el corazón, la vida se llena de propósito, alegría y paz que sobrepasa todo entendimiento.
Guarda tu corazón, porque un corazón que permanece con Dios es fuente de vida abundante.
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