Absalón, hijo del Rey David, se paraba temprano a la puerta de la ciudad. Allí escuchaba casos, asentía con empatía y soltaba una frase venenosa: “Tu causa es buena… pero nadie te oirá”. Luego sembraba su promesa: “¡Si yo fuera juez, yo haría justicia!”. Tomaba a la gente, le besaba las manos, las hacía sentir vistas. La Biblia lo resume sin maquillaje, así “robaba el corazón” del pueblo.
La jactancia no siempre es obvia. A veces sonríe, abraza y halaga, pero por dentro busca un trono. No sirve; utiliza. No ama; conquista.
En lo cotidiano también pasa: comparto mi bondad para que la celebren; escucho al otro solo para quedar bien; sirvo si me mencionan. Y si nadie lo nota, me molesto. Esa incomodidad es una señal honesta de lo que estoy buscando.
El amor a la manera de Jesús no necesita escenario. Él no sedujo multitudes por imagen; sanó heridas, dijo la verdad y amó incluso cuando no hubo aplausos. Amar bien es servir con humildad. No por un beneficio como lo hacía Absalon, fingiendo que amaba al pueblo.
Hoy puedes evaluar tus motivaciones y preguntarte ¿mis acciones levantan al otro o solo me levantan a mí? Recuerda, el amor no es jactancioso
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