Hay momentos en la vida en los que el dolor parece no tener explicación. Oramos, buscamos respuestas, y el silencio nos envuelve. Nos sentimos lejos de Dios, como si nuestras palabras no alcanzaran el cielo. En medio de esa angustia, surge una pregunta que ha atravesado generaciones: ¿Quién puede entender lo que estoy viviendo?
Este clamor no es nuevo. Lo encontramos en las páginas antiguas de la Biblia, en la voz quebrantada de un hombre llamado Job. Su historia, marcada por la pérdida, la enfermedad y el desconcierto, sigue resonando en el corazón de quienes atraviesan temporadas de sufrimiento.
Job lo había perdido todo: sus hijos, sus bienes, su salud. Y lo más doloroso… no entendía por qué. En su desesperación, buscaba respuestas, pero no las hallaba. Exponía su queja a Dios, pero no recibía respuesta. Entonces, desde lo más hondo de su alma, llegó a una conclusión que revela la distancia que sentía entre su humanidad y la divinidad:
“Dios no es humano como yo. No puedo discutir con Él ni llevarlo a juicio.” (Job 9:32)
Job deseaba algo que aún no conocía: un mediador. Alguien que pudiera tender un puente entre su fragilidad y la perfección de Dios. Alguien que entendiera el dolor humano, pero que también tuviera acceso al trono celestial.
Lo que Job anhelaba… ya ha sido respondido. Más de dos mil años atrás, ese Mediador llegó. Jesús, el Hijo de Dios, se hizo hombre. Vivió nuestras emociones, nuestras tentaciones, nuestras lágrimas. Pero sin pecado. Por eso puede interceder por nosotros.
La Escritura lo confirma con claridad:
“Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre.” (1 Timoteo 2:5)
“Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado.” (Hebreos 4:15)
Jesús no solo comprende nuestro dolor, sino que lo ha vivido. Y lo ha redimido. Él es el puente entre nuestra humanidad quebrantada y la gracia perfecta de Dios.
Hoy, si te sientes incomprendido… Si crees que nadie puede ponerse en tu lugar… Recuerda esto: Jesús sí puede.
Él conoce tu sufrimiento, tu angustia, tu dolor. Y está esperando que te refugies en Él.
“El Dios eterno es tu refugio, y sus brazos eternos te sostienen…” (Deuteronomio 33:27)
Job deseaba un Mediador. Tú ya lo tienes. No estás solo.
Hay alguien que te entiende, que te defiende, que te abraza. Su nombre es Jesús. Y su amor es el puente que une tu humanidad con la gracia de Dios.
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