El evangelio no es el anuncio de un esfuerzo moral ni intelectual para ser buenos, sino un cambio de naturaleza, una metanoia, sabiendo y aceptando por fe, que ya fuimos colocados en una nueva posición: fuimos unidos al Unigénito Hijo de Dios y su experiencia es la nuestra.
Así como Él murió, nosotros morimos; en su carne fueron colocados nuestros pecados y fue hecha justicia; y fuimos resucitados para ser colocados juntamente con Cristo en lugares celestiales. (Romanos 8:3-6, Efesios 2:6).
¿Cómo podemos manifestar esta nueva naturaleza de Cristo en nosotros?
La cruz, sí, esa en la que morimos con Cristo, es nuestra realidad diaria; todo pensamiento, todo deseo, anhelo, decisión o acción debe ser llevado a la cruz. No se trata de apagar el cerebro y dejar de razonar sino someter esa inteligencia al gobierno del Espíritu, por esto 2 Corintios 10:5 nos dice: “derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo,”
El mundo, el diablo y nuestra naturaleza caída adámica quieren llevarnos o moldear nuestros pensamientos de acuerdo a los deseos temporales, banales y animales, pero Dios nos otorgó por gracia, la mente de su Hijo, la mente de Cristo. (1 Corintios 2:16)
En Romanos 12:2 está escrito lo que nos corresponde hacer: no aceptar el molde perverso que quiere colocarnos el mundo, sino que tomemos la mente de Cristo, para que nuestras percepciones y todo lo que pensamos se alinee con la realidad eterna, destruyendo el molde de la antigua naturaleza que el mundo incita.
Nuestros pensamientos serán transformados radicalmente y como consecuencia podemos experimentar la buena, agradable y perfecta voluntad del Padre.
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