Un día escuché una frase que me confrontó: “tu pasado te moldea, pero no te justifica”. Cuando intentamos amar, es fácil repetir lo que vimos en nuestro pasado, porque eso aprendimos. Pero muchas veces la forma en la que aprendimos a amar… no era amor.
Quizás creciste con un “te doy todo” que sonaba a cariño, pero escondía ausencia. O tuviste un noviazgo que controlaba, presionaba o manipulaba, y lo maquillaba con: “lo hago porque te amo”. Con el tiempo, esos patrones se vuelven normales y
empezamos a amar “igual”: con chantaje, con silencios castigadores, con sarcasmo, invadiendo límites, con gestos que hieren.
Por eso Pablo dice que el amor no hace nada indebido. Indebido no es solo “un pecado grande”; es todo lo que no corresponde al corazón de Cristo: humillar, minimizar, usar al otro para calmar mi ansiedad, exigir con culpa, tocar heridas para ganar una discusión.
Tu historia explica tus reacciones, pero no las justifica. Jesús vino para enseñarnos a amar e invitarnos a abandonar prácticas pecaminosas también.
Hoy pidámosle al Señor que nos muestre cosas indebidas que hemos normalizado y que nos ayude a tener un amor que cuide, acompañe y entienda
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