Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón;
porque de él emana la vida.
(Proverbios 4:23)
Vivimos en una era de sobrecarga de información. En todo momento, nuestros ojos y oídos son bombardeados con imágenes, sonidos, palabras y mensajes que moldean nuestros pensamientos y emociones, a menudo sin que nos demos cuenta. Por eso la Palabra de Dios nos instruye a guardar nuestro corazón.
Proteger el corazón implica, entre otras cosas, filtrar lo que vemos y oímos. No todo lo que es popular es edificante. No todo lo que entretiene es inofensivo. Necesitamos ser conscientes de lo que permitimos que entre en nuestra mente y espíritu. Las películas, la música, las conversaciones, las redes sociales, todo esto puede influir en nuestra fe, nuestros valores y nuestra relación con Dios.
Jesús dijo que el ojo es la lámpara del cuerpo (Mateo 6:22-23). Si nuestros ojos son buenos, todo nuestro cuerpo estará lleno de luz. Esto significa que lo que elegimos ver y oír puede acercarnos a la luz o sumergirnos en la oscuridad. Así como cuidamos la nutrición de nuestro cuerpo, necesitamos cuidar la nutrición de nuestra alma.
Filtrar no significa alienarse. Hay que ser sabio. Se trata de discernir qué construye y qué contamina. Se trata de elegir lo que fortalece nuestra fe y nos acerca al carácter de Cristo. No se trata de legalismo, sino de amor a Dios y celo por una vida santa.
Oremos al Señor y pidamos discernimiento. Evalúa tus hábitos. Pregúntate: "¿Lo que consumo glorifica a Dios? ¿Fortalece mi fe? ¿Produce frutos del Espíritu en mí?" Que el Espíritu Santo nos ayude a elegir sabiamente lo que permitimos entrar en nuestro corazón.
Filtrar es amar. Filtrar es proteger. Filtrar es vivir con propósito.
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