En momentos de pérdida o gran conmoción, como los que hemos vivido recientemente, la fragilidad de la vida se vuelve evidente. Al mirar hacia atrás, notamos lo rápido que pasa el tiempo. Como bien nos recuerda el Salmo 103, nuestra vida es como la flor del campo: hoy florece, pero el viento pasa y ya no está. Ante la eternidad, nuestra existencia terrenal parece efímera.
Al creer en Jesucristo, nuestro Dios nos otorga un regalo extraordinario: su Santo Espíritu. Él no solo nos da una nueva vida, sino que nos ayuda a experimentar esa “vida en Cristo”. Es maravilloso saber que, mientras las cosas de este mundo son pasajeras, la misericordia de Dios es eterna. A través de la comunión diaria, el Espíritu Santo produce en nosotros tanto el querer como el hacer, enseñándonos a reverenciar a Dios y a guardar sus mandamientos no por obligación, sino por amor.
Salomón, quien experimentó todo lo que el mundo ofrece -éxito, fama, placer y riquezas- concluyó que todo, sin Dios, es “vanidad”. Él comprendió que ninguna meta terrenal puede satisfacer el vacío del corazón humano; sólo Cristo puede hacerlo.
Muchas veces vivimos esforzándonos por alcanzar cosas que, al final del día, se pueden esfumar en un momento. Hermanos, la invitación de hoy es a permitir que el Espíritu Santo realice su obra en nosotros. No persigamos las vanidades de este mundo, rindámonos ante el Autor de la vida. Que el verdadero sentido de nuestro vivir sea temer a Dios y caminar en la gracia de su pacto, pues en Él -y sólo en Él- encontramos una satisfacción que el tiempo no puede borrar.
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