¿Te puedes imaginar cómo sería vivir sin ver el sol todos los días? Sería complicado, ¿no crees? A pesar de que sabemos que el sol brilla sin parar, hay días en los que las nubes o la localización impiden que veamos su luz. Esa es la situación de las personas que viven en algunos países del mundo donde esa belleza de la creación permanece oculta durante varios meses del año. Pero cuando aparece, todos se deleitan con la luz, el calor y el bienestar que el sol les proporciona.
Dios es como el sol para su pueblo: él ilumina, da vida, ánimo y alegría. Aunque todo esté oscuro alrededor, Dios no ha dejado de ser la luz gloriosa que conforta el alma y protege con fervor a los que confían en él.
Durante el éxodo, mientras Israel atravesaba el desierto, Dios era como un farol durante las noches, una columna de fuego que calentaba, brillaba y dirigía los pasos en medio de la oscuridad. Durante los días de calor agobiante el Señor era una nube protectora, un escudo que guardaba y cuidaba de su pueblo. Así también es en tu vida: ¡Dios es tu sol y tu escudo! Él te ilumina, te sustenta y te protege y él te concede su gracia infinita todos los días.
Señor Dios, ¿cómo dudar de ti? Aunque todo parezca noche, aunque no logre ver días soleados ayúdame a confiar que tú continúas siendo Dios, que tú eres fiel y aun tienes el control de todo. Concede tu gracia, mi Señor, ilumina mis pasos. Protégeme y alegra mi corazón en medio de estos tiempos difíciles. Gracias por cuidar de mí aun cuando me siento débil. Quiero buscarte sea cual sea la circunstancia y caminar en tu presencia todos los días. Te agradezco por todo. En el nombre de Jesús, amén.
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