«Ana hablaba en su corazón; solo se movían sus labios, pero no se oía su voz». — 1 Samuel 1:13
Los seres humanos procesamos hasta 60,000 pensamientos al día. Con frecuencia, nuestra mente se convierte en un torbellino de ideas llenas de ansiedad y discusiones internas que no verbalizamos y pueden inundar nuestra cabeza.
Ana, una mujer de la Biblia, vivió exactamente lo mismo. Su día a día era un monólogo doloroso por su infertilidad, pero ella no permitió que ese caos la colapsara; acudió al templo a derramar ese dolor en el único lugar donde el nudo mental se desenreda. El problema es que estaba tan acongojada que no hallaba palabras concretas; solo emitía suspiros y susurros. El sacerdote que la veía la juzgó, creyendo que estaba ebria, pero Dios estaba leyendo perfectamente su mente.
Quizás hoy te sientes como Ana, abrumado por una avalancha de pensamientos sin saber qué decirle a Dios. Cuando te acerques a orar y no sepas cómo empezar, pon en práctica esto: toma un papel y escribe cada una de las preocupaciones que inundan tu cabeza, o simplemente pasa dos minutos en silencio entregándole ese ruido mental. Transforma ese caos en oraciones cortas. Confía en que tu Padre celestial comprende las frases sin terminar y las vagas ideas; Él entiende tu proceso, te acompaña en tu realidad y hoy traduce tu silencio.
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