¿Alguna vez has sentido que estás completamente solo? No solo sin compañía física, sino con esa sensación profunda de abandono, como si ni siquiera Dios estuviera cerca. Es una experiencia que muchos han vivido, incluso aquellos que han caminado con fe durante años. Pero en medio de esa oscuridad emocional, hay una promesa que ha sostenido a generaciones: la presencia constante de Jesús.
“He aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.” — Mateo 28:20b
Esta declaración no es una frase decorativa. Es un compromiso eterno. Jesús no prometió estar solo en los días buenos, ni únicamente cuando sentimos gozo. Él prometió estar con nosotros todos los días. Incluso en los silencios. Incluso en las lágrimas. Incluso cuando la fe parece tambalear.
Los discípulos vivieron algo extraordinario: caminaron con Jesús, lo escucharon enseñar, lo vieron sanar, lo tocaron, lo amaron. Pero llegó el momento de la despedida. Jesús debía ascender al cielo, y ellos se quedaron con la misión de continuar sin su presencia física.
Imagina ese instante. El Maestro se va, y ellos se enfrentan a un mundo hostil con un mensaje revolucionario. ¿Cómo seguir adelante sin Él?
La respuesta está en la promesa: “Yo estoy con vosotros todos los días.” No fue una despedida definitiva. Fue una transición hacia una presencia diferente, pero igual de real.
Y sin embargo, hay días en que no sentimos esa presencia. Días en que la oración parece un monólogo. Días en que el alma se pregunta: “¿Dónde estás, Señor?”
La Biblia está llena de testimonios de hombres y mujeres que enfrentaron momentos de profunda soledad:
Elías, después de grandes milagros, se escondió en una cueva deseando morir.
David escribió salmos llenos de angustia, como este clamor: “¿Hasta cuándo, Jehová? ¿Me olvidarás para siempre? ¿Hasta cuándo esconderás tu rostro de mí?” — Salmo 13:1
Jeremías lloró por su pueblo y por su propia soledad.
Pablo, en su defensa, dijo: “En mi primera defensa ninguno estuvo a mi lado, sino que todos me desampararon.” — 2 Timoteo 4:16 Pero también añadió: “Pero el Señor estuvo a mi lado, y me dio fuerzas.” — 2 Timoteo 4:17
Incluso Jesús vivió la soledad. Fue rechazado por los suyos. En Getsemaní, sus amigos se durmieron. En el juicio, lo abandonaron. En la cruz, clamó: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” — Mateo 27:46
Él sabe lo que es sentirse solo. Por eso su promesa tiene tanto peso. No es una teoría. Es una verdad vivida.
Tal vez hoy te sientes como Elías en la cueva, como David en su lamento, como Jesús en la cruz. Tal vez este devocional sea su forma de decirte: “No estás solo. Yo estoy contigo.”
La soledad puede ser una sombra persistente, pero no tiene la última palabra. Jesús está contigo. En el silencio. En la espera. En la oración que parece no tener respuesta.
“No te dejaré, ni te desampararé.” — Hebreos 13:5b
“Aunque mi padre y mi madre me dejaran, con todo, Jehová me recogerá.” — Salmo 27:10
Así que hoy, respira profundo. No necesitas sentir para creer. Solo necesitas recordar. Dios no se ha ido. Él está contigo. En este momento. En este lugar. En tu historia.
Y si lo permites, puede transformar tu soledad en comunión, tu silencio en consuelo, tu noche en esperanza.
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