En los evangelios, hay una escena que rompe con la imagen serena y pedagógica que solemos tener de Jesús. No lo vemos enseñando, sanando o predicando, sino actuando con firmeza y determinación. Es el momento en que entra al templo de Jerusalén… no para hablar, sino para limpiar.
Este episodio, narrado en el evangelio de Juan, revela el celo de Jesús por la santidad, su autoridad divina y su profundo amor por lo sagrado. Pero también nos lanza una invitación personal: revisar nuestro propio templo interior.
El templo, que debía ser un lugar de encuentro con Dios, estaba lleno… pero no de adoradores. Lo ocupaban comerciantes, cambistas, animales para el sacrificio, y un bullicio que ahogaba la oración. Se escuchaban balidos de ovejas, mugidos de bueyes, gritos de vendedores, el tintinear de monedas, y las quejas de quienes buscaban a Dios y encontraban un mercado.
En medio de ese caos, aparece Jesús. ¿Lo imaginamos furioso, gritando, perdiendo el control? El relato bíblico nos muestra otra cosa: Jesús se hizo un azote de cuerdas. No fue un arrebato emocional, sino una acción pensada. Trenzó las cuerdas, las unió con firmeza… y luego, con autoridad, comenzó a poner orden.
Expulsó a los animales, volcó las mesas de los cambistas, esparció las monedas y declaró con voz firme:
“Saquen esto de aquí, y no conviertan la casa de mi Padre en un mercado.”
No azotó a nadie. El látigo fue símbolo de autoridad, no de violencia. Jesús no actuó desde la ira humana, sino desde el celo santo. Porque el templo había sido convertido en una cueva de ladrones.
Una vez que el templo fue limpiado, algo hermoso ocurrió: los verdaderos adoradores pudieron entrar. Y Jesús sanó a muchos. Ciegos, cojos… todos los que antes eran excluidos por el ruido del comercio, ahora eran recibidos por la misericordia.
“Y vinieron a él en el templo ciegos y cojos, y los sanó.” (Mateo 21:14)
Este pasaje suele citarse para denunciar los negocios dentro de las iglesias. Pero pocas veces lo aplicamos a nuestra vida personal.
Hoy, tú y yo somos templo del Espíritu Santo. Y debemos preguntarnos: ¿hay ruido en nuestro templo? ¿Hemos permitido que el comercio espiritual contamine nuestra relación con Dios?
Cuidado con convertirnos en “cambistas” con el Señor:
“Dame más, y te daré más.”
“Respóndeme, y entonces creeré.”
“Dame el ministerio que merezco, y asistiré con fidelidad.”
Nuestra relación con Dios no es comercial. No se basa en exigencias, ni en trueques. Se basa en amor, entrega y reverencia.
Hoy, deja que Jesús entre en tu templo. Que limpie lo que estorba. Que derribe las mesas del ego, del interés, del ruido. Y que abra espacio para lo sagrado, lo verdadero, lo eterno.
Porque cuando el templo está limpio… la presencia de Dios se manifiesta. Y los milagros ocurren.
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