Hemos escuchado que Cristo murió por nuestros pecados y es una verdad inconmovible y verdadera, tal vez de tanto escucharlo nos parece repetido y “normal”, pero consideremos que si Él no hubiese muerto en nuestro lugar, cargaríamos una condena, tendríamos una deuda impagable. Pero otro principio de la cruz, trascendental, es que al mismo tiempo nosotros morimos allí, como nos anticipa la escritura en la Pascua. Dios a través de Moisés, le dio instrucciones de sacrificar un cordero y untar la sangre en los dinteles en la última plaga, pero también se le dio instrucción al pueblo que comieran de él, por cada familia. Que lo comieran todo, rápidamente y que todos participaran.
Al otro día el pueblo salió de Egipto, pero Egipto no salió de sus corazones, anhelan volver a Egipto desde el desierto; por lo tanto, no consideraron que habían muerto. Porque más que llevarlos a una tierra, Dios los llamó a sí mismos. “Vosotros visteis lo que hice a los egipcios, y cómo os tomé sobre alas de águilas, y os he traído a mí.” (Éxodo 19:4).
Pero ellos no quisieron, no entendieron, no aceptaron y sus cuerpos quedaron por el desierto.
Sabemos que todo lo que pasó al pueblo de Israel, en el antiguo testamento, era un modelo, un prototipo o señal que apuntaba a Cristo. Él es nuestra pascua final, ya sacrificada por nosotros (1 Corintios 5:7). Por esta razón, en su manifestación, también dijo lo mismo de Éxodo 19:4, “Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis.” (Juan 14:3). ¿Cuál era ese lugar?, ¿era una tierra? ¿Él describe ese lugar? No, era a Él mismo.
Seríamos colocados en Él, participando del cordero. Por eso celebramos la cena, recordando que él murió por nuestros pecados, que ofreció su preciosa sangre y fuimos cubiertos por ella para no perecer, pero que también participamos de su muerte (Romanos 6:3-6).
Consideremos esta realidad y verdad contundente, así como el pueblo de Israel participó de la muerte del cordero pascual y fue cubierto por esa sangre, nosotros participamos del cordero que quita el pecado del mundo, morimos en Él, fuimos cubiertos con su sangre y resucitamos juntamente con Él, para que andemos en vida nueva (Romanos 6:4-6).
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