En medio del dolor, la traición o la soledad, mirar al Señor no es solo un acto de fe: es una declaración de resistencia espiritual. Este devocional nos invita a seguir el ejemplo del profeta Miqueas, quien, rodeado de caos y desilusión, eligió mirar a Dios y esperar en Él. Su decisión nos inspira a mantenernos firmes, incluso cuando todo parece derrumbarse.
El pasaje de Miqueas 7:6-7 describe una escena que podría parecer sacada de nuestros propios hogares:
“Porque el hijo deshonra al padre, la hija se levanta contra la madre… Mas yo a Jehová miraré, esperaré al Dios de mi salvación; el Dios mío me oirá.”
Miqueas vivió en una época de decadencia moral y espiritual. La corrupción era generalizada, los líderes eran injustos, y hasta los lazos familiares estaban rotos. Esta ruptura no era solo social, sino profundamente espiritual. El pueblo había abandonado a Dios, y las consecuencias se sentían en cada rincón de la sociedad.
Jesús confirmó esta realidad en Lucas 12:53, cuando dijo que incluso las familias serían divididas por causa del Evangelio. Esto no significa que Dios desee la división, sino que seguirle implica tomar decisiones que a veces incomodan a quienes nos rodean.
En medio de esa oscuridad, Miqueas tomó una decisión radical: “Mas yo a Jehová miraré.”
No se dejó arrastrar por el pesimismo ni por la desesperanza. No puso su confianza en líderes humanos ni en soluciones temporales. Miró al Señor. Y esa mirada lo sostuvo.
Hebreos 12:2 nos exhorta a hacer lo mismo:
“Puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe…”
Jesús no solo es nuestro ejemplo; es nuestra fuente de fortaleza. Él soportó la cruz, el rechazo, la traición… y venció. Cuando lo miramos, recordamos que también nosotros podemos vencer.
Miqueas no solo miró… también oró. “El Dios mío me oirá.”
Esta afirmación es poderosa. En tiempos donde parece que nuestras palabras se pierden en el vacío, Miqueas nos recuerda que Dios escucha. No hay oración que se pierda. No hay clamor que sea ignorado.
Romanos 8:26 nos asegura que incluso cuando no sabemos cómo orar, el Espíritu intercede por nosotros con gemidos indecibles. Dios no solo oye nuestras palabras… también escucha nuestro corazón.
La espera de Miqueas no fue resignación. Fue una espera activa, llena de fe. “Esperaré al Dios de mi salvación.”
Esperar en Dios implica confiar en Su tiempo, en Su manera, en Su fidelidad. Es reconocer que aunque no veamos cambios inmediatos, Él está obrando.
Isaías 40:31 lo dice con claridad:
“Pero los que esperan a Jehová tendrán nuevas fuerzas; levantarán alas como las águilas…”
La espera en Dios renueva. Fortalece. Transforma.
Ora, incluso cuando no sientas fuerzas. La oración no depende de tu estado emocional, sino de tu fe.
Mira a Jesús en lugar de mirar el problema. La perspectiva cambia cuando enfocamos nuestra mirada en Él.
Espera con esperanza. La espera no es tiempo perdido, es terreno fértil para la fe.
Recuerda que no estás solo. Dios está contigo, y hay una comunidad de creyentes que también lucha y espera.
Tal vez hoy te sientes solo. Tal vez los que deberían estar contigo te han dado la espalda. Tal vez tu corazón está cansado de esperar.
Pero no estás solo.
Pon tu mirada en Cristo. Ora. Espera. Confía.
Dios te oye. Dios no ha terminado contigo ni con tu familia. Y mientras esperas, recuerda: Vale la pena seguir creyendo. Porque el Señor, el Dios de tu salvación… ¡Él sí responde!
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